La figura de su abuelo fue determinante para Oriol Saña. Él mismo tocaba el violín de forma autodidacta y fue quien apuntó a su nieto de siete años a una escuela de música. Después de la curiosidad que lo guió durante los primeros años, ya cuando tenía 14 decidió que se quería dedicar a la música. De hecho, el joven de Granollers se pasaba más horas con el violín que en el instituto. Había descubierto una manera de expresión, la suya. “A través de la música que hago expreso mis experiencias, cosas que se me pasan por la cabeza, sentimientos. Además, a la gente le gusto lo que hago y esto me hace sentir mejor”, reconoce Saña.

 

Referente al jazz manouche, Oriol lo descubrió a través de amigos que le pasaron discos d’Stephane Grappelli. Un violinista con quien desde un inicio se sintió reflejado y que se convirtió en uno de los referentes que lo llevaron hacia Estados Unidos, a Boston en concreto, para estudiar violín jazz, gracias a una beca de estudios. Saña recuerda que en España era imposible estudiar este tipo de estudios y detalla que en aquella época era muy difícil acceder a los diferentes estilos de música, ya que internet recién empezaba y no había las opciones de hoy en día.

Además del vínculo con el público, Oriol siempre ha sentido pasión por la pedagogía musical. Es una de las claves de su carrera y asegura que enseñando se aprende mucho, ya que cada alumno es diferente y le aporta cosas nuevas.

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